La rendición de Breda, una batalla muy humana

A diferencia de la mayor parte de los cuadros de batallas de la época, en la obra “Las lanzas, o La rendición de Breda” Velázquez no se recreó en la victoria de las tropas españolas, sino que quiso centrar la atención del espectador en una escena que combinara el final de la guerra y el principio de la paz.

Con una magistral mezcla de movimiento y acción contenida, el victorioso marqués de Spínola recibe de manos del gobernador de la ciudad, Justino de Nassau, la llave de la ciudad, al mismo tiempo que lo consuela con un gestor caballeroso de respeto y honor.

Las figuras de los dos comandantes, unidas por la expresión de simpatía de Spínola, representan una de las manifestaciones más humanas de afecto del arte de Velázquez. El rostro de Spínola parece tan personal que los especialistas creen que Velázquez pudo coincidir con el militar en algún momento de sus viajes a Italia.

Detrás y a la derecha de Spínola se agolpan los militares españoles, algunos de cuyos jefes y capitanes pueden ser identificados como Alberto de Arenbergh, el príncipe de Neuburg, don Carlos Coloma o don Gonzalo de Córdoba, aún sin certeza absoluta. Detrás de ellos aparecen los temidos tercios españoles, con personajes bigotudos y con patillas.

Por su parte, los soldados holandeses, agotados tras el largo asedio de once meses, adoptan en el cuadro actitudes más pasivas que los españoles. El joven noble que viste casaca blanca está pintado al modo impresionista, con los rasgos borrosos en un afán de intensificar la sensación de movimiento.

Destaca también en la obra cómo Velázquez consiguió dar un sutil efecto de profundidad al cuadro, gracias a la sucesión de toques sueltos y pinceladas muy fluidas que, en algunas zonas, dejan incluso visible la preparación con tonos blanquecinos.

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