La Plaza Mayor de Madrid en el Siglo de Oro

Una obra importante del Madrid del Siglo de Oro fue la Plaza Mayor, hecha por Felipe III hacia 1619 en lo que era la plaza del Arrabal, a imitación de la que había dejado en Valladolid.

Un cronista de la época decía de la Plaza Mayor:

Es la más grande y bella. Está en el centro de la ciudad y tiene 434
pasos de ancho y 1536 de circuito. Habitan en ella más de 4.000
personas en las ciento treinta y seis casas de que está rodeada; y lo
que hace que el lugar sea más hermoso es que todas las casas son
iguales, las más altas de Madrid, con cinco pisos y balcones, y una
parte de estas casas está sostenida por pilastras, que forman alrededor
de la plaza una galería ancha y hermosa, por la cual puede pasearse a
cubierto. Las casas pertenecen todas ellas a comerciantes, ocupando
la mayor parte los pañeros. El centro sirve de mercado.

Destacaba en el conjunto de la plaza el edificio llamado de la Panadería, por destinarse a esta función su planta baja. Allí estaba el real peso, y su piso principal, que constaba de magníficos salones, se utilizaba para actos
públicos y para recibir a los reyes, que desde sus balcones contemplaban las solemnidades de la capital.

El edificio situado frente a la panadería era la Casa de la Carnicería, llamado así por el fin a que se destinaba.

El resto de las casas destinadas al vecindario eran frecuentemente estrechas y de una sola planta o habitación. Los portales eran angostos, oscuros y malolientes, con una empinada escalera, en los escasos edificios de dos y hasta cuatro pisos, donde apenas se podían cruzar dos individuos, con escalones de madera ennegrecida y desgastada, que daba acceso a media docena de estrechos y desnudos aposentos, coronados por un estrecho zaquizamí.

Todas estas viviendas, hasta un total de 9.500 contabilizadas en 1620, se apiñaban en el reducido espacio que toleraban los conventos. Una ordenanza municipal de aquella época limitaba la altura de las casas fronteras, así como el número de ventanas que podían dar a sus patios y claustros, huertas y jardines, para que no privaran de luz, ventilación e intimidad a los numerosos y amplios monasterios de ambos sexos. Texto: Ignacio Lozón Urueña

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