La culminación de la obra de Velázquez

La última etapa artística de Velázquez tiene lugar tras su nombramiento en noviembre de 1652 como aposentador mayor de palacio. Las tareas derivadas de su nuevo cargo en la Corte supusieron que el artista necesitara más ayuda que nunca de los miembros de su taller en sus obras.

De éstas, tan sólo se conservan 14 obras de las 20 que pintó, entre las que abundan retratos reales, circunstancia que se explica por el segundo matrimonio que contrajo el rey Felipe IV con Mariana de Austria en el año 1649.

En el retrato de “La reina Mariana de Austria”, Velázquez plasmó magistralmente la pesadumbre con que la reina parecía llevar su vida en la Corte. Para ello el artista utilizó una estudiada composición que subraya los elementos simbólicos de la majestad real y una técnica pictórica muy elaborada.

La reina aparece vestida en el cuadro con un traje negro y plata, del tipo conocido como guardainfante, que Velázquez anima y armoniza con los tonos rojos de los lazos de las muñecas y la elaborada peluca, las plumas jaspeadas, el terciopelo del tapete de la mesa y la gran cortina carmesí que sirve de dosel y marca la dignidad regia de esta joven, por otro lado poco agraciada y maquillada hasta el exceso.

La gran lección que Velázquez consigue transmitirnos en esta obra de los años postreros de su vida es que, conservando las líneas tradicionales del retrato de la casa de los Austria, el escaso atractivo de la reina aparece pleno de grandiosidad y nobleza, natural y a la vez majestuosa.

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