¿Fue Carlos III realmente un rey brillante?

Mucho se ha escrito sobre las bondades del rey ilustrado Carlos III y su importante contribución al avance y el desarrollo de la España del siglo XVIII. Conocido por el gran público como el mejor alcalde de Madrid, su obra para modernizar Madrid hasta convertirla en una capital de nivel europeo ha sido especialmente valorada y elogiada.

Pero, ¿cómo era realmente la personalidad de Carlos III? ¿Qué cualidades le distinguían del resto y le permitieron conseguir todo lo que alcanzó? ¿Fue realmente una persona brillante y genial a tenor de su obra?

Las fuentes históricas 

Según la investigación histórica sobre las fuentes de quienes le conocieron y trabajaron con el monarca, parece ser que Carlos III no era un hombre brillante o genial, pero sí un hombre de notable estabilidad emocional y de una sólida confianza en sí mismo, cualidades que daban firmeza a sus decisiones y seguridad a sus colaboradores.

Como bien dice Gonzalo Anés, «Carlos III resulta un rey excepcional, por comparación». En efecto, su inteligencia política y su voluntad reformista, avaladas por su temple interior, le situaban muy por encima de los anteriores Borbones hispanos.

Tan equivocado sería considerarle un político genial, como que fuera «simple y piadoso», según la equivocada caracterización del padre Eguia. Indiscutiblemente era un hombre piadoso, pero no un hombre simple.

Se ha dicho que era muy trabajador, si bien dedicaba a sus tareas de gobernante sólo algunas horas al día y, desde luego, como ha señalado Domínguez Ortiz, no tantas como a la caza, el deporte de su obsesiva predilección.

Relaciones humanas 

En el terreno de las relaciones humanas, se distinguía por su trato directo y cordial. «Jamás olvidó que era un hombre como los demás», ha escrito su biógrafo, el conde de Fernán Núñez.

Se ha dicho que nada le ofendía más que la mentira, razón por la que inspiraba confianza a sus colaboradores e incluso a sus reales colegas.

Debe destacarse que era hombre de costumbres rutinarias: «Nunca alteró su distribución del tiempo ni el orden de su frugal comida», ha escrito Domínguez Ortiz. Al parecer, cualquier alteración de su rutina le producía horror.

En materia amorosa era hombre austero, fiel a su esposa, y llevó esa conyugal fidelidad hasta el fin. Su única pasión desmedida: la caza, parece que contrapesaba la evidente ausencia de pasiones amorosas, musicales, literarias o teatrales.

Carlos III, ¿un pensador? 

Carlos III carecía de tendencias filosóficas o literarias. Hijo de su siglo, educado políticamente por el ilustrado Tanucci, Carlos III confiaba en las bondades de la Razón, y esta confianza le llevaba a oponerse a leyes y usos que le parecían irracionales o contraproducentes. Pero queda claro que estaba lejos de ser «un pensador».

Con todo esto, su escaso empuje intelectual pudo actuar limitando los alcances de su política reformista, pero parece claro que su preocupación fundamental, como correspondía a su condición de monarca ilustrado, fue mejorar el nivel de vida de sus súbditos.

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Créditos: parte del contenido de este artículo procede de «Carlos III, el rey ilustrado (1716-1788)» Alma mater hispalense.

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